Cuando se ha crecido en un sistema de separación, intentar demostrar que somos valiosos es una actividad que agota el cuerpo, la mente y el espíritu. Sanar a nuestro niño interior es darnos la oportunidad de ser nosotros mismos sin demostrar nada a nadie.
—Litha, querida, gracias por quedarte con los niños este fin de semana. Regresamos el domingo por la noche para llevarlos a la escuela el lunes. Pat tiene que ensayar lo que va a decir el lunes en la ceremonia. Es muy importante que se lo aprenda de memoria. ¡Tiene que hacerlo bien!—dice una voz apresurada mientras Litha sonríe y se despide con la mano diciendo.
—No te preocupes nos vemos el domingo, mucha suerte!
Noel y Pat entran a la casa corriendo felices de pasar el fin de semana con Abue Litha.
—Vamos a jugar al patio —dice Noel.
Pero Pat le dice que no, que tiene que aprenderse de memoria lo que le toca decir en la ceremonia. Si dice algo mal, seguro se van a burlar o le van a regañar por echar el trabajo de todos a perder. Le van a decir que lo que dice está mal, que tiene que decir lo que otros dicen y no inventar.
Litha escucha eso, pero no interviene. Deja que los niños sigan hablando mientras caminan al jardín. Ella se ofrece a jugar con Noel mientras Pat toma el papel con el texto y se va caminando hacia la banca bajo el árbol. Litha lo ve de reojo mientras juega con Noel; ve cómo camina alrededor del árbol y repite una y otra vez lo del papel hasta que puede decirlo sin verlo.
Ya está atardeciendo y se meten a tomar la cena y platicar sobre aquello que mueve sus corazones.
—Ya por fin me aprendí el texto —dice Pat.
—¿Quieres decírnoslo?
Pat repite de memoria, duda en varios momentos y titubea en otros, pero logra terminar el texto. Noel y Litha aplauden, pero Pat no se queda con cara de tranquilidad; al contrario, se nota que algo no le da calma.
Es hora de dormir y Litha les cuenta un cuento. Noel se duerme de inmediato, pero Pat no.
—Cuéntame, Pat, ¿qué hay en tu mente y en tu corazón?
—No lo sé, Litha. Tengo miedo de que se me olvide.
—Te refieres al texto, ¿cierto?
—Sí, es que es muy importante que lo memorice todo y lo diga perfecto.
—¿Qué pasa si no lo haces perfecto, mi amor?
—Uy, no, me muero, Litha, me muero.
—¿De la vergüenza? ¿De miedo?
—¡De todo, Litha! Imagínate que lo digo mal y la maestra se decepciona y me dicen que no merezco estar en el 2do año, o me regaña frente a todos, dice que soy un mal alumno y le dice a mi mamá, y ella se pone triste porque la puse en vergüenza como mamá. O qué tal si los otros ya no quieren hacer equipo conmigo porque soy un burro, o si mi papá se enoja por el esfuerzo que hacen y yo no merezco que hagan el esfuerzo…
—Caray, Pat, no sabía que había todas estas cosas en juego… ¿Qué te parece si me dejas a mí esta noche encontrar una forma mágica para que te lo aprendas y te la enseño mañana? Así, por hoy, yo me quedo con la tarea y tú descansas.
—Sí, muchas gracias, Litha. Eso me ayudaría mucho, mucho.
Ahora sí se veía en su cara el cansancio; soltar este pesar había hecho que el sueño le cayera de pronto.
Litha salió del cuarto, se hizo un té y sacó un par de cartas del oráculo de las hadas. Las observó, sonrió y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, Pat brincó sobre la cama de Litha.
—¿Viste, Litha, las cartas de la mesa? Son para mí, ¿son para mí, verdad?
Noel estaba en el marco de la puerta viendo a Pat abrazar a Litha, que apenas se despertaba.
—Sí, mi amor, son para ti. Desayunemos algo mientras las platicamos…
—La primera carta tiene esta piedra pesada… así es el texto que tengo que aprenderme, es horrible y pesado —dice Pat.
—La segunda son niños y hadas jugando, significa que ¿hoy sí vamos a jugar todos? —pregunta Noel.
—¡Exacto! La clave de todo está en jugar, como siempre. Vamos a hacer un juego que te ayude a aprenderte el texto con diversión, y vamos a cambiar las palabras rebuscadas por palabras más simples, porque el chiste es que des un mensaje que todos entiendan. Y va a ser tan divertido que podrás recordar los dos textos: el de las palabras rimbombantes y el de las palabras sencillas, y así vamos a tener el arcoíris que vemos en la última carta.
—¡Sí, a jugar! —dicen Noel y Pat.
Mientras desayunaban, Litha, Pat y Noel inventaron un juego de rally donde cada pista vinculaba una parte del texto. Cuando estuvieron listas todas las pistas, fueron a la sala común a preguntar si alguien quería jugar al rally. Más tardaron en decirlo que en tener a varios participantes. Pasaron la mañana jugando, divirtiéndose, y al final, cuando era la hora de comer, no solo Pat se sabía el texto: el resto de la comunidad también se lo sabía.
Al final de la comida, Litha se acercó a Pat y le dijo que si podría ir a caminar juntos al riachuelo.
—¿Qué te pareció la magia para recordar el texto, Pat?
—Fue fantástico, Litha, fue muy divertido.
—Me quedé pensando en lo que dijiste anoche sobre el gran impacto que tiene para ti el hacer algo donde hay tantas expectativas puestas: la maestra, tu mamá, tus compañeros, tu papá. ¿Piensas que solo si lo haces “bien” mereces que te amen?
Pat titubó, iba a responder que sí, pero se detuvo y respiró… se tardó en responder, como procesando la pregunta, después de un par de respiraciones, del fondo de su corazón salió la respuesta:
—No, yo creo que merezco que me amen sin importar si lo hago bien o mal. Pero cuando lo hago bien, se sienten orgullosos y felices.
—Hm… como que la fuente del orgullo y la felicidad está en el reconocimiento del talento… ¿Y qué pasaría si tu talento no tuviera nada que ver con que digas las palabras correctas, sino con que conectaras con lo que te da vida en tu interior?
—¿Cómo? —pregunta Pat, confundido.
—¿Qué pasaría si tuvieras más reconocimiento por encontrar formas divertidas y amorosas de compartir con otros, justo como lo hicimos con el rally? Yo creo que cuando te paras frente a otros y traes desde tu corazón lo que realmente eres, das desde el amor y recibes desde ahí mismo.
—Ay, sí, eso es lo mejor, Litha. Pero en la escuela no se puede; ahí hay reglas y no se puede jugar. Es más de obedecer y memorizar y tener miedo…
—Uf, qué cierto y qué feo, Pat…
Habían llegado al riachuelo y Litha saca una hoja de la bolsa de su suéter.
—Hagamos algo… —siguió Litha mientras se sentaba junto al riachuelo y empezaba a hacer un barquito con la hoja—. Vamos a poner en este barquito todo lo que nos pesa, para que el riachuelo lo lleve a donde tenga que ir, lejos de nuestro cuerpo… Yo voy a decir que, de ahora en adelante, voy a soltar la búsqueda de perfección que me enseñaron en la escuela. Me sirvió para sobrevivir en ese ambiente que era tan hostil, pero aquí en la comunidad puedo ser yo, con mi luz divina y mi voz amorosa, porque solo mi presencia ya genera un cambio en otros. O sea, sí voy a preparar las cosas que me dan calma, pero no para que sea perfecto, sino para que el universo traiga a mí lo que necesite ser dicho y lo lleve a quienes necesiten escuchar. Me doy la bendición de ser presencia divina de cambio, empatía y amor… lo demás está en manos del universo. ¿Tú quieres poner algo en el barco?
—Pongo el miedo a equivocarme en la ceremonia y me doy la bendición de divertirme haciendo cosas como el rally, porque en la comunidad sí puedo ser yo, y mi familia me ama, y todo va a estar bien porque siempre encontramos formas mágicas para lograrlo, ¿verdad, Litha?
—Así es… —responde Litha, y mientras suelta el barco, dice—: Hecho está. Gracias, gracias, gracias.
Pat y Litha se quedan unos minutos en silencio observando el barco mientras se lo lleva el riachuelo.
—¿A dónde crees que llegue? —pregunta Pat.
—Imagino que a donde esa energía pueda ser compostada, que nutra la tierra.
Pat y Litha se ven, sonríen y empiezan a caminar de regreso a la sala común, agarrados de la mano.
No hay nada más sanador que la compañía amorosa.
¿Qué cosas harías si no cargaras el peso de demostrar tu valor?