Vivir solos vs convivir: mi viaje hacia el diseño de la vida con otros

Vengo de un mundo donde el mayor éxito era lograr vivir independiente. Tener tu espacio, tus reglas, tus cosas. Mi sueño era salir de mi casa y vivir en paz. Estudié mucho, logré tener mi espacio y sobrevivir… hasta que casi muero.

Hice todo lo que “debía hacer” lo mejor que pude. En el lugar en el que crecí, mis necesidades individuales no eran vistas. Como niña, tenía que obedecer las reglas impuestas por los adultos, me daban de comer, educación y un techo.

En ese entonces la palabra neurodivergente estaba lejos de ser inventada, y mucho más lejos de haber diagnóstico para una mujer mexicana.

Al crecer en un espacio donde ser yo llevaba a recibir castigos por parte de los adultos, aprendí rápidamente que los otros eran un riesgo, que la única manera de estar a salvo era no ser yo, o ser yo al estar sola. Fingir ser alguien más y copiar lo que otros hacen y dicen fue agotador y aterrador.

Hasta que entré en un espacio donde ser yo no era un riesgo. Un espacio donde se alentaba a preguntar, a opinar, a comunicar tus perspectivas. Mi cerebro empezó a identificar que había lugares donde uno podía ser uno mismo sin castigos. Pero ese lugar no era en la familia.

Vivir con otros era agotador, doloroso. Un espacio donde mis necesidades individuales no eran vistas significaba que me daban de comer pasta y debía comerla aunque me hacía mal —soy celiaca. Vivía con dolor e inflamación sin poder expresarlo. Un espacio donde mis necesidades individuales no eran vistas significaba que tenía que hacer actividades en espacios que me sobrestimaban —soy autista. Vivía con ataques de ansiedad cada noche sin poder expresarlo.

Lograr vivir sola significó poder comer aquello que me nutre, descansar, cuidar de mis necesidades pero el esfuerzo de lograr todo sola cargó mi sistema nervioso de sobremanera. Vivir con otros significaba, para mí, renunciar a cuidarme por seguir las reglas de convivencia.

Pero… ¿qué tal si vivir con otros significara que cuidamos de nuestras necesidades mutuamente? ¿Qué tal si convivir significa interdependencia, conexión y cuidado?

La Comunicación No Violenta nos ayuda a salir de la mentalidad de separación, donde competir y el poder-sobre-otros es lo que se vive. Nos ayuda a ver que existe un mundo donde se vive en mentalidad de unidad, donde la colaboración y el poder-con-otros toman lugar, reconociendo que las necesidades de todos importan y estamos interconectados.

El Diseño Humano nos ayuda a identificar qué necesitamos para florecer: qué ambientes, qué comida, qué cuidados necesitamos.

Las Neurociencias Relacionales nos ayudan a abrazar todos aquellos hábitos que desarrollamos para sobrevivir y encontrar nuevos hábitos que nos saquen de sobrevivir y nos lleven a ser la versión más auténtica de nosotros.

La Comunicación No Violenta es agua para que la semilla florezca. El Diseño Humano nos permite saber qué tipo de semilla es para saber en qué suelo ponerla. Hay semillas que necesitan estar en un pantano, hay semillas que germinan tras un incendio, hay otras que necesitan frío. Y las Neurociencias Relacionales nos ayudan a sanar el ecosistema para que las nuevas semillas encuentren un espacio nutritivo para florecer.

Los humanos somos seres sociales y nuestro bienestar viene de vivir con otros en espacios donde hay interdependencia, seguridad psicológica, confianza, cuidado.

Tal vez no nacimos ni crecimos en lugares así. Pero podemos diseñarlos para vivir en ellos y cultivarlos para nuestro cuidado y el de futuras generaciones.

¿Y tú? ¿Has vivido la tensión entre cuidarte solo o cuidarte con otros? ¿Qué te gustaría diseñar en tu vida con otros? Me encantaría leerte.